
Tomado del Libro "El Código del Campeon" de Dante Gebel
Nadie puede lograr que el francotirador apostado en la cima del imponente rascacielos desista de su objetivo. La policía observa impotente como el mal viviente exige sus condiciones mientras los apunta desde lo alto de una de las torres más elevadas de la gran ciudad.
No hay nada más que podamos hacer... llamen a SWAT. Indudablemente este es un trabajo para hombres entrenados en misiones riesgosas. En cuestión de minutos, el escuadrón SWAT toma el control.
No hay gritos nerviosos, solo órdenes precisas, como si cada uno de ellos ya supiera lo que le corresponde hacer. Se comunican en clave, manejan un código secreto. No sudan, sus movimientos parecen calculados. Estos hombres conocen el peligro, se tutean con él a diario y, por sobre todas las cosas, saben que deben comenzar justamente cuando los demás abandonan.
Si ellos no lo logran, no existe una segunda opción. Son la única y última alternativa. Es SWAT. El escuadrón de emergencia para situaciones límites. Vencer o morir, esas son sus consignas. Son letales y precisos. Se trata del escuadrón entrenado para misiones únicas.
Vencer o morir en el intento. De eso se trata la nueva generación que Dios está levantando. Una última generación de temerarios entrenados para la última y única misión: Llevar al mundo entero a los píes de Jesucristo. Jamás retroceden, siempre están a la vanguardia. Ellos no van detrás de un puesto o un lugar de reconocimiento humano. Saben que lo primordial es las almas perdidas. Mientras otros se excusan o tratan de argumentar, ellos actúan. Cuando los demás le piden permiso al enemigo y tratan de llegar a una negociación, ellos simplemente lo invaden.
Este ejército no está formado por pasivos, son invasores por naturaleza. Invaden los colegios, predican en las facultades, y conmueven la universidad. Trastornan la nación, revolucionan su ciudad, hasta llenarlo todo de Jesucristo. El infierno ha puesto precio a sus cabezas, pero ellos simplemente sonríen porque saben para quien trabajan. No son predecibles ni rutinarios, solo sorprenden. Son el último escuadrón al cual recurrir en situaciones riesgosas. O mejor dicho, son los obreros de la undécima hora.
Gente con misiones únicas. Si tienes mentalidad de montón, ni siquiera deberías continuar leyendo este libro. Pero te imagino con deseos de algo más que competir. Con sed de victoria.
Prefieres morir en el intento, antes de quedarte solo con la visión de lo que pudo haber sido. Estás decidido a cambiar tu estrella, a jugar el campeonato, a ganar el primer lugar. cientos de personas abandonaron su sueño por creer que todos los recursos ya estaban agotados. En lugar de sentirse parte del escuadrón SWAT, creyeron pertenecer al montón de policías a cargo del comisionado obeso.
«Perdí el empleo».
«Al fin y al cabo, ese ministerio no era para mí».
«Buena, de todos modos no quería ese puesto».
«Casi me dan un aumento de salario».
«Asistí a la boda de la mujer de mis sueños, finalmente se casó con otro».
«Me dijeron que dejara mis datos y que me llamarían».
«Hice todo lo posible, no creo que haya algo más por hacer».
«Me conformo con que me hagan un lugarcito».
Son las declaraciones de los que se sienten condenados al montón, de los que se conforman con un octavo puesto. Carencia de determinación. Mentalidad de multitud.
Observa al Señor acercarse a la barca de los discípulos. Están resignados, trataron de pescar toda la noche. Y ahora lavan las redes en silencio. Solo molestas algas y basura de mar son el saldo de una noche de fracaso.
«Vamos a pescar», propone el Maestro. Ahora detente por un momento en la expresión de los
apóstoles. Observa a Pedro. Está literalmente desencajado, molesto.
«Tú dedícate a levantar muertos, y nosotros a pescar», piensa el hombre de Capernaúm. Pero no mires a Pedro como a un mal educado. La propuesta es descabellada. Ya lo intentaron toda la noche. No unas horas, sino t0000000da la noche. Una cosa es hacerle una propuesta así a quien aun no lo intentó, pero no a quienes ya hicieron todo lo que se suponía que se podía hacer.
¿Pasaste por eso alguna vez?, claro que sí. Recuerdas la mañana en la que desconectaste la línea telefónica para que no te llamaran los acreedores. Esperabas el milagro temprano, después de una larga vigilia, pero como nada sucedió, decidiste que lo mejor era quedar incomunicado.
Vuelve a la febril y extensa noche en que te la pasaste colocando un pañuelo helado sobre la frente de tu niño. Toda la noche. Hora tras hora, hasta el amanecer. ¿Puedes recordar cómo te sentías cuando los primeros rayos de sol invadían tu ventana sin darte tregua a un merecido descanso?
¿O aquella vez que regresaste con las manos vacías luego de haber buscado empleo todo el día?, estabas descorazonado, profundamente angustiado. La noche anterior tenías
esperanzas, pero después de haberlo intentado todo, solo quedó la desazón. El gusto amargo, la red vacía de peces y repleta de basura de mar.
Diste lo mejor en el examen, pero te reprobaron. Trabajaste duro, pero al cliente no le gustó y prefirió la competencia. Preparaste tu mejor sermón y la gente no lo valoró. Oraste toda la noche y, a la mañana siguiente, el enfermo empeoró. Enviaste un currículum excelente, y lo colocaron debajo de un montón de papeles.
Y ahora aparece el Señor en la amarga playa de tu vida y te propone volver a intentarlo. «Echa la red», dice. «Parece que no estás enterado de la noche que acabo de pasar. Estoy agotado, me siento muy cansado. Necesito dormir un poco, una siesta reparadora tal vez, pero no pescar».
A ver si nos entendemos, no está hablando con un vago, se está dirigiendo a alguien que lo intentó todo. Y cuando digo todo, es todo.
Pero el Señor insiste. Él quiere que comiences cuando los demás abandonan. Quiere quitarte la mentalidad de montón. Desea que burles a la guardia soviética; que neutralices al francotirador del rascacielos. Quiere que seas único.
Que mañana salgas a buscar ese empleo, otra vez. Que te prepares para el examen como si nunca antes lo hubieses rendido. Que pases otra noche de fiebre, sabiendo que podría ser
la última. Que enfrentes, de nuevo, a tus acreedores y les pidas otro plazo. Que tires la red, por enésima vez. Recuerda, otro round puede marcar la diferencia.
Pedro medita un momento y se da cuenta de la ventaja. Esta vez, el Maestro estará en la barca. Es como jugar un mundial de fútbol con el árbitro a tu favor. Y entonces, pronuncia la frase. Son las palabras de los que hacen la segunda milla. Es la declaración de los condenados al éxito: «Mas en tu palabra, echaré la red». Los peces perciben quién está en la barca y deciden que es mejor morir en la red del Creador antes que vivir sin tener el honor de conocerlo. Y ahora, la red explota de peces. Alguien lo intentó cuando los recursos estaban agotados. Alguien más comenzó mientras otros lavaban redes.
Cuando logras convencerte de que eres una persona para misiones únicas, entonces descubres el potencial de lo que Dios puede hacer a través de ti.
- La red explotando de peces.
- Comenzando donde los demás abandonan.
- Mentalidad de único.
- Misiones que otros abandonan.
Puedes excusarte detrás del escaso presupuesto. Alegar que no estás preparado. O decir que en realidad aguardas la orden de Dios, su perfecta voluntad, que en ocasiones, no es otra cosa que pereza disfrazada de reverencia para que suene bien. Nadie te obliga a salir del montón, puedes quedarte con la multitud. Dile que ya lo intentaste todo. Que él se dedique a sanar leprosos y tú a rendir exámenes o buscar ministerios. Colócate a las órdenes del obeso comisionado y observa como SWAT resuelve lo que no te animaste a hacer. Dedícate el resto de tu vida a lavar redes. No hay muchas opciones, la otra alternativa, es ser parte del escuadrón de únicos.
Sus métodos son diferentes, pero resultan. No tienen mentalidad de montón, son únicos en su estirpe, con licencia para atar demonios. Es la fuerza especial de emergencia en combate contra los ejércitos invasores.
- Combatientes espirituales en estado de alerta.
- La fuerza de choque del nuevo siglo.
- Un escuadrón para las líneas de vanguardia.
- Una división armada y peligrosa que pone las reglas.
- Violentos espirituales que solo pelean en las ligas mayores.
- La peor pesadilla del infierno que jamás se haya levantado.
- Un ejército de intocables al servicio del General de generales.
- Agentes del ultraespionaje espiritual en el campo enemigo.
- Una brigada de jóvenes entrenados para ganar.
- Una fuerza que desconoce el significado de la palabra derrota.
- Los únicos capaces de descender al mismo infierno y desafiar al enemigo.
- Combatientes que no esperan que las cosas ocurran, sino que hacen que ocurran.
- Un ejército que entra en escena inesperadamente.
- Soldados sin margen de error.
- Agentes con una consigna: evangelizar o morir. Retroceder: nunca, rendirse: jamás.
- Combatientes en alerta rojo que viven en el ojo del huracán.
- Un escuadrón con un lema: por cada alma que el diablo destruye, reclamaremos cien para Jesucristo.
- No hay una tercera opción: o eres único o parte del montón.
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